Una botella es una botella. Una zapatilla es una zapatilla. Una taza de café es una taza de café.
Hasta que alguien decide cómo mirarlas.
La fotografía de producto suele asociarse a una tarea bastante concreta: mostrar un objeto de manera clara, atractiva y fiel. Que se entienda su forma, su color, su textura. Que quien está del otro lado pueda verlo.
Pero hay otra posibilidad.
En lugar de preguntarnos solamente cómo mostrar un producto, podemos preguntarnos qué queremos que pase cuando alguien lo vea.
Ahí empieza otra fotografía.
Del objeto a la experiencia
Una taza de café puede fotografiarse sobre un fondo blanco, perfectamente iluminada, con todos sus detalles visibles. Esa imagen cumple una función.
Pero esa misma taza también puede aparecer sobre una mesa todavía desordenada, con una luz entrando de costado y algunas migas alrededor. De repente ya no estamos viendo solamente una taza.
Estamos viendo una mañana.
Lo mismo ocurre con una botella cubierta de gotas, una zapatilla con marcas de haber sido usada o un perfume atravesado por una luz dura que proyecta una sombra inesperada.
El producto sigue estando ahí, pero deja de ser solamente un objeto.
Empieza a sugerir una experiencia.
Crear ganas
Quizás uno de los desafíos más interesantes de la fotografía de producto contemporánea sea justamente ese: generar ganas sin necesidad de explicar demasiado.
Ganas de probar.
De tocar.
De usar.
De estar ahí.
La fotografía puede construir esa sensación utilizando herramientas muy simples: luz, color, textura, encuadre, escala, movimiento.
No necesariamente hace falta una producción enorme.
A veces alcanza con decidir dónde cae una sombra.
Con acercarse mucho a una textura.
Con dejar algo fuera de cuadro.
Con permitir que una imagen no sea completamente perfecta.
Porque cuando todo está demasiado explicado, queda poco espacio para imaginar.
La imperfección también comunica
Durante mucho tiempo, buena parte de la fotografía comercial buscó eliminar cualquier accidente: superficies impecables, luces controladas, fondos perfectos.
Hoy conviven otros lenguajes.
Flash directo. Sombras duras. Grano. Movimiento. Encuadres extraños. Colores intensos. Objetos cortados. Escenas que parecen encontradas más que producidas.
No porque la técnica haya dejado de importar.
Todo lo contrario.
Muchas veces hace falta mucho control para conseguir una imagen que parezca espontánea.
La diferencia está en que la técnica deja de ser protagonista. Se convierte en una herramienta para construir una determinada sensación.
Antes de disparar
Quizás por eso fotografiar un producto empieza bastante antes de agarrar la cámara.
Empieza preguntándose qué universo podría habitar ese objeto.
¿Es silencioso o ruidoso?
¿Es elegante, divertido, cotidiano, extraño?
¿Queremos que parezca nuevo o vivido?
¿Queremos mostrarlo completo o apenas insinuarlo?
Las respuestas empiezan a definir la luz, los colores, los materiales, el encuadre y hasta aquello que decidimos no mostrar.
Entonces la fotografía deja de ser solamente registro.
Se convierte en dirección.
No alcanza con mostrar
Estamos rodeados de imágenes de productos.
Las vemos mientras hacemos scroll, cuando buscamos algo para comprar, cuando caminamos por la calle o cuando abrimos una aplicación.
En ese contexto, mostrar correctamente un objeto puede ser necesario, pero no siempre suficiente.
Las imágenes que permanecen un poco más son aquellas que consiguen construir algo alrededor de él.
Una atmósfera.
Una historia mínima.
Una sensación.
Tal vez ahí esté una de las partes más interesantes de fotografiar objetos: descubrir que incluso las cosas más cotidianas pueden convertirse en otra cosa cuando cambiamos la manera de mirarlas.
Porque al final, fotografiar un producto no es solamente decidir cómo queremos que se vea.
También es decidir qué queremos que alguien imagine cuando lo vea.